viernes, 29 de febrero de 2008

Miedo a no recordar


Existen muchos modos de matar a una persona y
escapar sin culpa: es fácil deslizar una seta venenosa
entre un plato de inofensivos hongos. Con los ancianos
y los niños, fingir una confusión con los medicamentos
no ofrece problemas. Se puede conseguir
un coche y, tras atropellar a la víctima, darse a la
fuga. Si se cuenta con tiempo y crueldad, es posible
seducirla con engaños, asesinarla mediante puñal o
bala en un lugar tranquilo, y deshacerse luego del
cadáver. Cuando no se desean manchas en las manos
propias, no hay más que salir a la calle y sobornar a
alguien con menos escrúpulos y menos dinero. Existen
sofisticados métodos químicos, brujería, envenenamientos
progresivos, palizas por sorpresa o falsos
atracos que finalizan en tragedias.
Existe también una forma antigua y sencilla: la
expulsión de la persona odiada de la comunidad, el
olvido de su nombre. Durante algún tiempo el recuerdo
aún perdura, pero los días pasan y dejan una
capa de polvo que, ya no se levanta. Todo el pueblo
se esfuerza en dejar atrás lo sucedido con los puños
apretados y la voluntad decidida, y poco a poco, el
nombre se pierde, los hechos se falsean y se alejan,
hasta que, definitivamente, llega el olvido.
Llega la muerte.
Es fácil. Una vez habituados a él, el olvido resulta
sencillo. La mente, que flaquea con la edad, ayuda a
enterrar el pasado. A veces las puertas se abren y
surgen los antiguos fantasmas. Otras, la mayoría,
permanecen cerradas, y los muertos no regresan de
la muerte, ni del olvido.
Es fácil. Se olvida todos los días.



"Melocotones Helados de Espido Freire"

1 comentario:

FIRmacéutica dijo...

Me gusta comprobar que somos varios los que nos encontramos en esta situación. Los que dejamos mucho de lado por conseguir nuestros sueños.

Te sigo leyendo.